Espiritualidad y psicoterapia · Artículo 7

La Teología del Cuerpo y la persona gay

La historia de un joven católico que amó la Teología del Cuerpo hasta el día en que hizo la cuenta que nadie más en el salón tenía que hacer. Sobre la frontera invisible entre la doctrina y la subcultura que habla en su nombre, y el daño que ya tiene nombre clínico: abuso de conciencia.

Retrato de Oscar Rivas

Oscar Rivas, PhD

· 13 min de lectura

A este hombre lo he conocido muchas veces — en consulta, en retiros, en la banca de atrás de más de una parroquia. Los detalles cambian; la historia casi nunca. No es el caso de nadie y es la historia de muchos.

El retiro donde todos recibieron un mapa, menos él

No creció en las orillas de la Iglesia: creció en su primera fila. Familia católica de las que fundan cosas, militancia desde niño en uno de los movimientos más exigentes de la Iglesia, colegio del movimiento, la mejor universidad de la ciudad. Cada Semana Santa, mientras sus compañeros se iban a la playa, él se iba de misiones a rancherías sin agua potable — y volvía feliz. No era el católico a rastras: era el que levantaba la mano. A los 13 descubrió lo que sentía, y lo primero que hizo con ese descubrimiento fue rezar. Novenas con fecha de vencimiento. Promesas a cambio de amanecer distinto. El trato no se cumplió, pero el silencio sí: aprendió a callarlo tan bien que ni Dios parecía enterado.

Años después se inscribió en un retiro de Teología del Cuerpo. Y aquí la historia da su primer giro: le encantó. Escuchó que el cuerpo hace visible lo invisible, que la persona es don, que lo contrario del amor no es el odio sino el uso. Reconoció en esas frases lo que él llevaba años queriendo vivir. Durante semana y media fue feliz — hasta que hizo la cuenta que nadie más en el salón tenía que hacer. Sus compañeros salieron con un mapa: noviazgo, matrimonio, familia. El mapa que le tocó a él era distinto: puro territorio prohibido y ninguna ruta.

En ese retiro se animó a lo que no había hecho en veinte años. Se hincó en un confesionario y, por primera vez en voz alta, lo dijo:

—Padre, soy gay.

Llevaba media vida cargando esa frase. Y no alcanzó a terminar de soltarla, porque el sacerdote — un hombre bueno, hay que decirlo, convencido de estar ayudando — lo corrigió con suavidad: que no dijera eso. Que él no era gay. Que era un hijo de Dios que experimentaba atracción al mismo sexo.

Salió del confesionario con su verdad recién estrenada y ya devuelta, editada, con otro nombre. Había tardado veinte años en decir tres palabras, y la respuesta fue que estaban mal dichas.

En las pláticas que siguieron, el sacerdote fue más lejos. Le explicó, con cariño genuino, que quizá su orientación era fruto de una herida: un padre ausente, un vínculo que no se formó. El joven parpadeó. Se llevaba muy bien con su padre. De hecho — y esto le daba una mezcla de ternura y vértigo — sospechaba que su padre entendería su situación mejor que nadie. Mejor, desde luego, que su madre, líder prominente del movimiento al que la familia entera le había entregado la vida. Pero la teoría no venía a escuchar su biografía: venía a reemplazarla. Ahora, además de su secreto, debía cargar una sospecha inventada sobre el hombre que más lo quería.

Y llegó la receta. Célibe de por vida, o intentar cambiar de orientación. Porque el diseño original es hombre y mujer. Porque el fin de la sexualidad es la procreación y estar abierto a la vida. Porque el amor es donación. Todo verdadero, todo hermoso, todo perfectamente ensamblado — un manual impecable que respondía todas las preguntas menos la única que él traía: ¿y yo dónde quedo?

La frontera invisible que cruzó sin saberlo

Aquí conviene detenerse, porque en este punto de la historia pasó algo que ni él pudo ver. Sin saberlo, había cruzado una frontera invisible: la que separa la fe católica de una cultura construida alrededor de ella. Nada de lo que le recetaron — ni el vocabulario obligatorio, ni la teoría de la herida paterna, ni la promesa de reorientación — está en el Catecismo. El Catecismo, de hecho, confiesa con honestidad que el origen de la orientación permanece en gran parte sin explicación, y pide para estas personas respeto, compasión y delicadeza.

FiguraLa frontera invisible: lo que enseña la Iglesia y lo que añade la subcultura

Lo que enseña la Iglesia

Lo que añade la subcultura

El nombre propio

No prescribe vocabulario. Nadie está obligado a renunciar a la palabra con la que se nombra a sí mismo.

"No digas que eres gay: eres un hijo de Dios con atracción al mismo sexo." Se corrige el autonombramiento.

El origen de la orientación

El Catecismo afirma que la génesis psíquica de la homosexualidad "permanece en gran parte sin explicación" (CIC 2357).

Se presenta como causa cierta una herida de vínculo: padre ausente, madre invasiva, apego roto.

El camino propuesto

Pide castidad, y para estas personas "respeto, compasión y delicadeza"; prohíbe toda discriminación (CIC 2358).

Ofrece la reorientación como meta alcanzable: rezar, sanar la herida, esperar el cambio.

El lugar de la pregunta

Reconoce el misterio y remite al discernimiento y a la conciencia formada.

Tiene respuesta prefabricada para cada biografía; la pregunta se lee como resistencia.

Ninguno de los elementos de la columna derecha aparece en el Catecismo de la Iglesia Católica. La confusión entre ambas columnas es lo que permite que una exigencia cultural se reciba como si fuera doctrina.

Comparación entre lo que el Catecismo afirma efectivamente sobre la homosexualidad y las exigencias que una subcultura añade en su nombre: corregir el autonombramiento, atribuir la orientación a una herida de vínculo y prometer la reorientación. Ninguno de esos tres elementos aparece en la doctrina, y esa confusión es lo que permite recibir una exigencia cultural como si fuera fe.

Lo que él recibió venía de otra parte: de una subcultura que habla en nombre de la doctrina sin serlo, que no admite preguntas, que tiene respuesta prefabricada para cada biografía y que corrige la conciencia de las personas hasta en el nombre que se dan a sí mismas. Ese estilo tiene más de secta que de Evangelio, aunque se practique con sotana y buena voluntad.

Abuso de conciencia: ocupar lo que se debía formar

Y produce un daño que ya tiene nombre en la literatura: abuso de conciencia — cuando una autoridad espiritual, en lugar de formar la conciencia de alguien, la ocupa. La reescribe desde afuera: le dicta lo que debe sentir, cómo debe llamarse, qué historia debe contarse sobre su propia vida. Nadie le gritó. Nadie lo humilló. Lo ocuparon con dulzura, que es la manera más difícil de detectar.

FiguraFormar la conciencia o ocuparla

Acompañar · formar la conciencia

  • Escucha la biografía antes de interpretarla
  • Ofrece criterios y deja la decisión en la persona
  • Admite el no saber y tolera la pregunta abierta
  • Respeta el lenguaje con que la persona se nombra
  • Deja a la persona más dueña de sí

Ocupar · abuso de conciencia

  • Reemplaza la biografía por una teoría previa
  • Dicta lo que se debe sentir, creer y desear
  • Tiene certeza sobre lo que la doctrina no define
  • Corrige el nombre propio de la persona
  • Deja a la persona dependiente del guía

El abuso de conciencia rara vez es violento: suele ejercerse con cariño y convicción sincera, lo que lo hace especialmente difícil de detectar para quien lo sufre — y para quien lo comete.

El acompañamiento que forma la conciencia escucha la biografía, ofrece criterios, admite el no saber y respeta el nombre propio: deja a la persona más dueña de sí. El abuso de conciencia reemplaza la biografía por una teoría, dicta lo que se debe sentir y corrige el autonombramiento: deja a la persona dependiente del guía.

Los años siguientes hicieron el resto. Obedeció. Persiguió el mapa que le pintaron con la misma disciplina con que había hecho todo en su vida: dirección espiritual, grupos, algún intento de noviazgo con una muchacha buena que no merecía ser el experimento de nadie. Vivió añorando ser heterosexual como quien añora un país que no existe — y cada año de añoranza lo desconectó un poco más de sí mismo. Del cuerpo que había aprendido a tratar como enemigo. De la ternura que había aprendido a tratar como síntoma. Nunca se le ocurrió — nadie le dio permiso de que se le ocurriera — que quizá su camino auténtico no era convertirse en otro, sino habitar por fin al que ya era.

Lo que la clínica sí sabe

Y esto hay que decirlo sin rodeos, porque es donde el rumor más daña: la homosexualidad no es una enfermedad, ni un trastorno, ni una orientación que curar. Lo digo como psicoterapeuta especializado en trauma, que es exactamente el campo donde la teoría de la herida dice vivir: la evidencia la desmintió hace años, y las asociaciones profesionales de psicología y psiquiatría concluyeron que los intentos de cambiar la orientación no solo no funcionan — dañan.

Y aquí está la ironía más cruel de toda esta historia: lo que termina destruyendo a la persona no es su orientación. Es el intento de cambiarla por razones religiosas. Es la guerra de décadas contra el propio corazón, peleada por obediencia, que va aniquilando por dentro a quien la pelea. El daño que se le atribuye a su condición lo causa, en realidad, el tratamiento.

Hoy reza todavía. Con un ojo cerrado, escondiéndole a Dios justo la habitación que más necesitaría luz.

Escribo esto desde dentro

Escribo esto desde dentro, no desde la banqueta de enfrente. Llevo años estudiando la Teología del Cuerpo; la he enseñado en retiros como aquel. He sido terapeuta — y amigo — de varios sacerdotes que lideran esta corriente. Los conozco: son hombres buenos que aman lo que enseñan. Precisamente por eso escribí un artículo largo sobre esa habitación cerrada — con la Escritura, la ley de la Iglesia y la clínica en la mesa. No ofrece veredictos. Ofrece la pregunta bien hecha.

La teología le preguntó a este hombre si su cuerpo encajaba en el diseño. El Evangelio pregunta otra cosa: si una persona se dona. ¿Cuál de las dos preguntas crees que le hace Dios?

Oscar Rivas

Referencias

  1. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2357-2359 (castidad y homosexualidad).
  2. Juan Pablo II (1979-1984). Catequesis sobre el amor humano (Teología del Cuerpo). Libreria Editrice Vaticana.
  3. American Psychological Association (2009). Report of the Task Force on Appropriate Therapeutic Responses to Sexual Orientation. APA.
  4. American Psychiatric Association (2018). Position Statement on Conversion Therapy and LGBTQ Patients.
  5. Ryan, C., Toomey, R. B., Diaz, R. M., & Russell, S. T. (2020). Parent-initiated sexual orientation change efforts with LGBT adolescents: Implications for young adult mental health and adjustment. Journal of Homosexuality, 67(2), 159–173.
  6. Meyer, I. H. (2003). Prejudice, social stress, and mental health in lesbian, gay, and bisexual populations: Conceptual issues and research evidence. Psychological Bulletin, 129(5), 674–697.
  7. Doyle, T. P. (2009). The spiritual trauma experienced by victims of sexual abuse by Catholic clergy. Pastoral Psychology, 58, 239–260.
  8. Demasure, K. (2022). Spiritual abuse: The abuse of conscience and its dynamics. Journal of Moral Theology.

Conceptos clave

Teología del Cuerpo
Ciclo de catequesis de Juan Pablo II sobre el cuerpo, el amor y la persona: el cuerpo hace visible lo invisible, la persona es don y lo contrario del amor no es el odio sino el uso. Su desarrollo pastoral, sin embargo, se organiza casi por completo alrededor del itinerario noviazgo-matrimonio-familia.
Abuso de conciencia
Daño que ocurre cuando una autoridad espiritual, en lugar de formar la conciencia de una persona, la ocupa: le dicta lo que debe sentir, cómo debe llamarse y qué historia debe contarse sobre su propia vida. Suele ejercerse con cariño y convicción sincera, lo que lo vuelve difícil de detectar.
Frontera doctrina-subcultura
Límite invisible entre lo que la Iglesia enseña formalmente y lo que añade una cultura construida a su alrededor. El vocabulario obligatorio, la teoría de la herida paterna y la promesa de reorientación no figuran en el Catecismo, pero se transmiten como si fueran doctrina.
Teoría de la herida paterna
Hipótesis según la cual la orientación homosexual sería consecuencia de un vínculo paterno deficiente. Carece de respaldo empírico y, aplicada pastoralmente, obliga a la persona a sostener una sospecha inventada sobre su propia familia.
Esfuerzos de cambio de orientación (SOCE)
Intervenciones dirigidas a modificar la orientación sexual. Las principales asociaciones de psicología y psiquiatría concluyen que no son eficaces y que se asocian a depresión, ansiedad, vergüenza internalizada e ideación suicida.

Preguntas frecuentes

¿Qué dice realmente el Catecismo sobre la homosexualidad?

El Catecismo afirma que la génesis psíquica de la homosexualidad permanece en gran parte sin explicación (CIC 2357), pide para estas personas respeto, compasión y delicadeza, y rechaza toda forma de discriminación (CIC 2358). No prescribe un vocabulario obligatorio, no atribuye la orientación a una herida paterna y no promete un cambio de orientación: esos tres elementos provienen de una subcultura, no de la doctrina.

¿Es la homosexualidad una enfermedad o algo que se pueda curar?

No. La homosexualidad no es una enfermedad, un trastorno ni una orientación que curar; fue retirada de las clasificaciones diagnósticas hace décadas. Las asociaciones profesionales de psicología y psiquiatría concluyen que los intentos de cambiar la orientación no funcionan y además dañan: se asocian a depresión, vergüenza internalizada e ideación suicida.

¿Qué es el abuso de conciencia y cómo se reconoce?

Ocurre cuando una autoridad espiritual ocupa la conciencia de alguien en lugar de formarla: reemplaza su biografía por una teoría previa, dicta lo que debe sentir y corrige incluso el nombre con que se llama a sí mismo. Se reconoce por su efecto: el acompañamiento que forma deja a la persona más dueña de sí; el que ocupa la deja dependiente del guía y ajena a su propia experiencia.

¿Por qué corregir el modo en que alguien se nombra causa daño?

Porque el autonombramiento es un acto de integración: quien lleva veinte años sin poder decir una frase sobre sí mismo y por fin la dice necesita ser escuchado, no editado. Recibir de vuelta la propia verdad con otro nombre enseña que la experiencia íntima es inaceptable tal como es, y refuerza exactamente el ocultamiento que se buscaba romper.

¿Qué daña más: la orientación o el intento de cambiarla por razones religiosas?

El intento de cambiarla. Lo que destruye a la persona no es su orientación, sino la guerra de décadas contra el propio corazón peleada por obediencia: la desconexión del cuerpo tratado como enemigo y de la ternura tratada como síntoma. El daño que se atribuye a la condición lo causa, en realidad, el tratamiento.

¿Desde qué lugar escribe Oscar Rivas sobre la Teología del Cuerpo?

Desde dentro. Oscar Rivas, PhD, psicólogo clínico especialista en trauma, ha estudiado la Teología del Cuerpo durante años y la ha enseñado en retiros; ha sido terapeuta y amigo de sacerdotes que lideran esta corriente. Su crítica no cuestiona la doctrina ni la buena voluntad de quienes la enseñan, sino la subcultura que añade exigencias en su nombre.

  • Teología del Cuerpo
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  • trauma religioso
  • espiritualidad
  • terapias de conversión
  • identidad
Retrato de Oscar Rivas

Oscar Rivas, PhD

Psicólogo clínico, especialista e investigador en trauma psicológico. Conocer más

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