Espiritualidad y psicoterapia · Artículo 8

El sobre y la carta: la Teología del Cuerpo y la persona gay

Versión extensa. Dos bodas en las que no puede nacer un hijo: una se celebró un martes por la mañana y la otra nunca ocurrió. Recorro la Teología del Cuerpo, el Catecismo, la Escritura y lo que veo en consulta para formular bien la pregunta que separa a esas dos parejas: cuando la Iglesia decide qué amores bendecir, ¿lee la carta o revisa el sobre?

Oscar Rivas, PhD

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Imagen de portada del artículo: El sobre y la carta: la Teología del Cuerpo y la persona gay
Espiritualidad y psicoterapia · Artículo 8

Cada uno tiene su propio don de Dios: uno de un modo, otro de otro.

1 Corintios 7,7

I. Dos bodas

Elena tenía setenta y ocho años cuando se casó por segunda vez. Su primer esposo había muerto una década atrás; a Ramón lo conoció en el coro de la parroquia, donde él cantaba mal y ella se lo decía. La boda fue un martes por la mañana, con veinte invitados y un ramo que la nieta menor insistió en cargar.

El sacerdote que los casó era joven. En la homilía habló del matrimonio como una unión abierta a la vida, y nadie en las bancas parpadeó. Elena había pasado por una histerectomía a los cincuenta y dos años; Ramón caminaba con andadera. Todos los presentes sabían que de esa unión no iba a nacer un hijo, empezando por el sacerdote, que firmó el acta con la conciencia tranquila de estar haciendo exactamente lo que la Iglesia le pide.

Y tenía motivos para estar tranquilo. El derecho canónico lo dice en una línea (canon 1084): «La esterilidad no prohíbe ni dirime el matrimonio». Por eso la Iglesia casa a viudas de ochenta años y a hombres a los que la quimioterapia dejó estériles. Ese martes no hubo ninguna irregularidad. Se celebró un sacramento y la comunidad lloró de alegría, como debe ser.

Hay otra boda que no ocurrió.

Sus protagonistas existen, aunque aquí no lleven nombre. Son dos personas que también se conocieron en una parroquia y que también rezan juntas por la noche. Estuvieron en los funerales de los padres de la otra, y una de ellas dejó un trabajo en otra ciudad para no separarse. Cuando alguien les pregunta qué son, dudan antes de responder, porque las palabras disponibles les quedan chicas o les están prohibidas.

Para esa unión no hubo martes por la mañana ni sacerdote que firmara con la conciencia tranquila. Y la razón, buscada en serio, sorprende a casi todos. Que de su amor no puedan nacer hijos no explica nada, porque acabamos de ver que la Iglesia nunca lo ha exigido. La razón está enterrada más hondo, y para llegar a ella hay que pasar por algunas de las mejores páginas que el catolicismo ha escrito sobre el amor humano.

Mi propósito es anterior a cualquier respuesta: formular bien la pregunta que separa esas dos bodas, algo que casi nunca se intenta. A quien ya tenga el veredicto listo, en cualquiera de las dos direcciones, estas páginas le van a incomodar. A quien aguante la pregunta abierta un rato más de lo habitual le espera una sorpresa: la tradición católica tiene más recursos para pensarla de los que usan sus defensores y sus críticos.

II. La carta

Entre 1979 y 1984, casi todos los miércoles, Juan Pablo II dedicó su audiencia general al cuerpo humano. Fueron ciento veintinueve catequesis, y con el tiempo recibieron un nombre: la Teología del Cuerpo.

Quien no la ha leído suele imaginar un catálogo de prohibiciones y de sospechas contra el placer. Se equivoca en casi todo. La Teología del Cuerpo es ante todo una defensa del cuerpo humano, escrita contra siglos de cristianismo que lo trataron como estorbo del alma.

Su idea central cabe en tres palabras: el cuerpo habla. La manera de mirar y de tocar dice cosas a las que las palabras no llegan. «El cuerpo, y solo él, es capaz de hacer visible lo invisible», escribió el papa. La ternura o el miedo que alguien lleva dentro solo los ve otro a través de su cuerpo. Por eso el amor entre dos personas se parece a una carta que una le escribe a la otra con el cuerpo entero, con la fidelidad de todos los días y con la presencia que se queda cuando sería más fácil irse.

Sobre esa idea construyó dos más. La primera: el ser humano es un regalo antes que un dueño de sí mismo; fue recibido antes de poder pedir nada y se realiza cuando se entrega. La segunda es una definición que merecería más fama. Para Juan Pablo II, lo contrario del amor es el uso, es decir, tomar el cuerpo o el afecto de alguien como herramienta del propio beneficio. Un hombre puede cumplir con su esposa todas las formas externas del matrimonio y estarla usando. Ninguna lista de reglas lo detecta; esta definición sí.

Es una visión del amor más alta que la de la cultura que lo vende y más cálida que la de las religiones que le temen. Muchos matrimonios encontraron ahí palabras para algo que vivían sin saber nombrar.

Juan Pablo II construyó una catedral, y quien la quiera demolida tendrá que buscar aliados en otra parte. Yo entro en ella con gratitud y la recorro entera. Al fondo de una de sus naves hay un muro donde los planos originales parecen indicar una puerta que nunca se abrió.

III. El que escucha desde el pasillo

A este hombre lo he conocido muchas veces, en consulta y en la banca de atrás de más de una parroquia. Los detalles cambian y la historia casi nunca. Es un retrato compuesto, que no corresponde a ningún paciente en particular y se parece a demasiados.

Creció en el centro de la Iglesia. Fue monaguillo y después lector, el adolescente que llegaba antes que el sacristán, y nadie lo obligaba. A los trece o catorce años descubrió lo que sentía, y lo primero que hizo fue rezar: novenas con fecha de vencimiento, promesas a cambio de amanecer distinto. La vergüenza la armó él solo con lo que oía, el chiste del tío en la sobremesa o una frase suelta en la homilía, hasta la tarde en que leyó, a puerta cerrada y en los libros de su propia fe, que lo suyo se llamaba desorden. Tenía quince años. No se lo dijo a nadie.

Como los tratos con Dios no se cumplían, hizo lo que hace quien aprende temprano que no lo van a querer por lo que es: volverse indispensable por lo que hace. Fue el mejor catequista, el que carga las sillas y se queda al final. Cualquier psicólogo reconoce ese mecanismo a diez metros; en la parroquia lo llamaban tener madera de líder.

Ya adulto, se inscribió en un curso de Teología del Cuerpo, y lo que vuelve difícil contar esta historia es que le encantó. Oyó que el cuerpo habla y que lo contrario del amor es el uso, y reconoció en esas frases lo que llevaba años queriendo vivir. Durante semana y media fue feliz.

Después hizo la cuenta que nadie más en el salón tenía que hacer. Cada promesa del curso traía para él una nota al pie. El cuerpo habla, sí, pero el suyo, le explicaron, venía con un error de imprenta. La persona se realiza entregándose, pero su entrega no tenía destinatario permitido. Sus compañeros salieron del curso con un mapa que iba del noviazgo a la familia. Él salió con la confirmación, dicha con mucha elegancia, de que para su vida no había mapa, solo una renuncia de por vida, sin ceremonia y sin nombre.

Hoy tiene treinta y tantos, o cuarenta y tantos, y todavía reza. Pero le habla a Dios con un ojo cerrado y le esconde justo la habitación de su casa que más necesitaría luz.

En este retrato no hay villanos. Su párroco es un hombre bueno, y sus catequistas lo querían y le enseñaron con sinceridad lo que a ellos les habían enseñado. Con un culpable a la vista, la historia sería más cómoda de leer y más fácil de descartar. Lo que hay es gente buena que transmite de buena fe una enseñanza recibida, y un hombre que lleva veinte años en el pasillo de la catedral y oye desde afuera la música que él mismo ayudó a ensayar.

En algún momento alguien, con toda la buena voluntad, le corrigió hasta el vocabulario. Le explicó que no debía decir «soy gay», que lo correcto era decir que experimenta atracción hacia el mismo sexo. Se lo dijeron por su bien. Tardó años en notar el detalle: a nadie más en el salón le habían corregido nunca la manera de nombrar lo que era.

IV. El nombre que no eligió

Esa corrección nace de una intención seria y merece que se le haga justicia. Quienes la proponen razonan así: eres una persona con una dignidad infinita, y reducirte a una etiqueta te empequeñece. Primero la persona. Suena noble, y lo es.

Pero hay un detalle que la intención no explica.

Nadie dice «persona con atracción hacia el sexo opuesto». No hay curso que le enseñe a un hombre casado a no llamarse heterosexual para no reducirse a su inclinación. El esposo dice «soy esposo», el novio dice «estoy enamorado», y a ninguno le corrigen la manera de nombrarse. La preocupación por separar a la persona de su orientación se enciende para un solo grupo y duerme para todos los demás. Una regla que se aplica solo a algunos merece otro nombre.

En otros debates la Iglesia sostiene que el lenguaje nunca es neutro y que cambiar las palabras con que la gente se nombra termina cambiando lo que la gente cree ser. Es una idea seria, y si es verdadera lo es en todas las direcciones. Un vocabulario que toma la capacidad de amar de una persona, estable y no elegida, y la presenta como algo que le pasa, al modo de una jaqueca o de una tentación recurrente, ya está remodelando a esa persona mientras dice describirla. No se puede sostener que renombrar a la gente es un abuso cuando lo hace la cultura y una caridad cuando lo hace la parroquia.

Dos aclaraciones. Hay católicos gay que eligieron libremente ese vocabulario para sí mismos, y ahí está el punto: lo eligieron. Un nombre elegido es un acto de la persona; el mismo nombre impuesto es un acto sobre ella. La segunda aclaración es que nada de esto exige que la palabra gay sea perfecta ni sagrada. Lo que importa es quién la pronuncia primero.

La Biblia conoce el poder de cambiar nombres. Cuando Dios renombra a alguien (Abram pasa a ser Abraham, Simón pasa a ser Pedro), el nombre nuevo siempre es más grande que el anterior: padre de multitudes, roca de una comunidad. En la Biblia, renombrar agranda al nombrado. La corrección que recibió el hombre del pasillo opera al revés, porque toma su capacidad de amar, con toda la ternura y la fidelidad que podría contener, y la encoge al tamaño de un síntoma. La diferencia se mide con una pregunta: ¿alguien ha sentido alguna vez que esa corrección le ensanchara la vida?

V. Lo que la Iglesia dice de verdad, y lo que no

El Catecismo de la Iglesia Católica, el resumen oficial de la fe, dedica al tema tres números (del 2357 al 2359). Ahí está la parte dura: los actos homosexuales «no pueden recibir aprobación en ningún caso». No voy a esconderla, porque examinarla en serio es el propósito de estas páginas. Pero esos mismos números dicen otras tres cosas que casi nadie cita. La primera es una confesión honesta: «Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado». La segunda se refiere a los hombres y mujeres con esta inclinación: «Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta». La tercera, que están llamados a la castidad, la misma a la que el Catecismo llama a todo bautizado (n. 2348).

En muchos cursos y retiros católicos se enseña otra cosa. Ahí se afirma con seguridad lo que el Catecismo declara no saber: que la atracción al mismo sexo es fruto de una herida, casi siempre un padre ausente o una madre absorbente, y que con el acompañamiento adecuado la herida sana y la atracción disminuye. Nada de eso viene de Roma. Viene de la llamada terapia reparativa, que Elizabeth Moberly y Joseph Nicolosi difundieron en los años ochenta y noventa, y que entró a las parroquias por la puerta de atrás y se instaló tan bien que hoy mucha gente la toma por doctrina.

FiguraLa frontera invisible: lo que enseña la Iglesia y lo que añade la subcultura

Lo que enseña la Iglesia

Lo que añade la subcultura

El nombre propio

No prescribe vocabulario. Nadie está obligado a renunciar a la palabra con la que se nombra a sí mismo.

«No digas que eres gay: eres un hijo de Dios con atracción al mismo sexo». Se corrige cómo se nombra la persona.

El origen de la orientación

El Catecismo afirma que su origen psíquico «permanece en gran medida inexplicado» (CIC 2357).

Se presenta como causa segura una herida de vínculo, casi siempre un padre ausente o una madre invasiva.

El camino propuesto

Pide castidad, y para estas personas «respeto, compasión y delicadeza»; manda evitar «todo signo de discriminación injusta» (CIC 2358).

Ofrece la reorientación como meta alcanzable: sanar la herida y esperar el cambio.

El lugar de la pregunta

Reconoce el misterio y remite al discernimiento y a la conciencia formada.

Tiene respuesta prefabricada para cada biografía; la pregunta se lee como resistencia.

Nada de la columna derecha aparece en el Catecismo. Confundir las dos columnas es lo que permite recibir una exigencia cultural como si fuera doctrina.

Comparación entre lo que el Catecismo afirma sobre la homosexualidad y lo que una subcultura añade en su nombre: corregir cómo se nombra la persona, atribuir la orientación a una herida de vínculo y prometer la reorientación. Nada de eso aparece en la doctrina.

Aquí hablo desde mi campo. Soy psicoterapeuta de trauma y trabajo todos los días con heridas de la infancia y con abuso. Si la homosexualidad naciera del trauma, yo lo vería cada semana, y profesionalmente me convendría decirlo. Mi posición es la contraria y la dejo escrita sin ambigüedad: la orientación homosexual no es una enfermedad ni un trastorno, y tampoco la secuela de una herida con el padre. Abundan los heterosexuales con padres ausentes y los gays con padres presentes y cariñosos; los estudios que buscaron el patrón no lo encontraron. En 2009, la Asociación Americana de Psicología revisó los intentos de cambiar la orientación y concluyó que era poco probable que funcionaran y que conllevaban riesgo de daño; en 2018, la Asociación Americana de Psiquiatría se opuso formalmente a las terapias de conversión.

Peor que la falsedad de esa teoría es su efecto. Decirle a un hombre que su capacidad de amar es el síntoma de una herida que no recuerda ya es herirlo. Le entrega una autobiografía falsa con sello espiritual, y con ella la tarea de buscar en su infancia el crimen que explique su corazón y de sospechar de su padre. Ese relato fabrica la herida que dice curar. Y deja una ironía cruel: buena parte del daño que cargan muchos católicos gay viene del trato que les dio su comunidad, y su orientación tiene poco que ver con él.

El Catecismo dice: no sabemos de dónde viene; trátenlos con respeto y delicadeza. El rumor dice: sabemos exactamente de dónde viene y hay que repararlo. En este punto yo defiendo al Catecismo contra lo que se predica en su nombre.

Quitado el rumor, la enseñanza real sigue en pie y merece examinarse en su mejor versión. La doctrina no dice que este hombre esté enfermo; dice que sus actos contradicen el lenguaje del cuerpo. Para ver en qué se funda esa afirmación hay que volver a la boda de Elena y Ramón, y hablar de sobres.

VI. El sobre y la carta

Si el amor es una carta que una persona le escribe a otra con su vida entera, como enseña la Teología del Cuerpo, toda esta discusión cabe en una imagen sencilla.

Una carta tiene dos partes. El sobre es la forma exterior, lo que se ve sin abrir; la carta es lo que va dentro, lo que de verdad se dice. La pregunta que traigo desde la primera página cabe ahora en una línea: cuando la Iglesia decide qué amores bendecir, ¿lee la carta o revisa el sobre?

Su enseñanza sostiene que importa la carta: que el matrimonio vale por la entrega fiel de los esposos y por su apertura a la vida. Pongamos esa afirmación frente a las dos bodas del principio.

El derecho canónico guarda una distinción antigua y muy precisa. La esterilidad no impide el matrimonio, y por eso Elena, sin útero, se casó válidamente. Lo que sí lo invalida es la impotencia, la incapacidad de realizar el acto conyugal (canon 1084). Y el canon 1061 describe ese acto como «apto de por sí para engendrar la prole». Conviene leerlo dos veces. De por sí quiere decir por su forma, porque de hecho el acto de Elena y Ramón no puede engendrar nada, y todos lo saben.

Si la vida no puede venir, y la ley lo sabe y aun así bendice, ¿qué mide exactamente ese criterio? La posibilidad de un hijo quedó descartada de antemano. La entrega de las personas nadie la ha puesto en duda, ni en la boda de Elena ni en la pareja sin nombres. Descartado el contenido, queda una sola cosa que el acto de Elena y Ramón tiene y el de la otra pareja no: la forma, la configuración de los cuerpos.

Es decir, el sobre.

FiguraDos uniones donde no puede nacer un hijo
CriterioElena y RamónLa pareja sin nombres
Fidelidad verificableSíSí
Cuidado en la enfermedadSíSí
Oración compartidaSíSí
Entrega que nadie pone en dudaSíSí
Posibilidad real de un hijoNoNo
Forma del acto “apta en sí misma”SíNo
Sacramento celebradoSíNo

Descartada de antemano la posibilidad de un hijo en las dos uniones, la única asimetría que queda es la forma del acto. El criterio que separa una boda de la otra mide la configuración de los cuerpos.

Las dos parejas comparadas criterio por criterio: fidelidad, cuidado en la enfermedad, oración compartida y entrega coinciden, y en ninguna es posible un hijo. Solo difieren en la forma del acto, y con ella en la celebración del sacramento.

El criterio se anuncia como lectura de la carta, y cuando se le aprieta con el caso de la pareja estéril resulta ser una revisión del sobre. Se declara que Elena y Ramón «están abiertos a la vida» por la forma de un acto del que ambos saben que no vendrá vida, y que la otra pareja, cuya entrega es total, no lo está, también por la forma. Si eso es apertura a la vida, en esa frase la palabra vida ya no trabaja. Todo el trabajo lo hace la palabra forma.

El pensador que con más energía rechazó juzgar el amor humano por la biología, es decir, por el sobre, fue el propio Juan Pablo II. Su Teología del Cuerpo existe porque consideró insuficiente esa manera de juzgar, heredada de los manuales antiguos, y quiso poner en su lugar la persona como medida y el don como criterio. Cuando el argumento que hereda su catedral se ve presionado en su punto más delicado, vuelve a refugiarse en la revisión del sobre que él mismo había declarado insuficiente. Ahí está el muro donde los planos indicaban una puerta.

La pregunta es seria por su simetría. Dos parejas, y en ninguna puede nacer un hijo. En las dos hay fidelidad y cuidado mutuo en la enfermedad, a la vista de cualquiera. Si el criterio es la carta, las dos pasan. Si el criterio es el sobre, habría que tener la honestidad de predicarlo así: bendecimos sobres. Lo que no parece sostenible es lo que tenemos, que es predicar la carta en la catequesis y revisar el sobre en el tribunal.

VII. La mejor objeción

El defensor más serio de la enseñanza no aceptará quedarse en el terreno del sobre, y hace bien, porque su argumento apunta más alto.

Dirá que la diferencia entre hombre y mujer está en la primera página de la Biblia, dentro del mismo versículo que declara al ser humano imagen de Dios: «hombre y mujer los creó». La humanidad reflejaría a su Creador precisamente en esa dualidad. San Pablo añade un segundo piso, porque para él el matrimonio es signo del amor entre Cristo y la Iglesia y representa algo que lo excede. Quien sostiene esto cree custodiar un símbolo recibido de Dios, y merece una respuesta en su propio terreno, que es la Biblia.

El primer capítulo del Génesis tiene una manera predilecta de nombrar totalidades: menciona los dos extremos para abarcar todo lo que hay entre ellos, un recurso que los biblistas llaman merismo. Dios crea «el cielo y la tierra», y la expresión incluye todo lo que hay en medio. Separa el día de la noche, y a nadie se le ha ocurrido que el atardecer ofenda al Creador. Junta las aguas en los mares y deja ver lo seco, y el estuario, donde ambos se mezclan, no se considera una rebelión contra el tercer día. En esa misma página y con esa misma gramática aparece «hombre y mujer los creó». Dentro del estilo del capítulo, la lectura más natural es la que se aplica a todos sus hermanos: los extremos nombran el todo, y la humanidad entera, con toda su variedad, es imagen de Dios. Leer ese versículo como un reglamento de emparejamiento es pedirle algo que ningún otro par de opuestos de la misma página hace. ¿Por qué este par, y solo este, funcionaría distinto?

Tampoco hace falta especular sobre cómo trata la Biblia a quienes viven fuera del molde, porque documentó un caso. La ley de Israel excluía de la asamblea al eunuco, el hombre castrado e incapaz de engendrar (Deuteronomio 23,2). Lo excluía por su cuerpo, por el sobre. Siglos después, Isaías anuncia lo contrario: a los eunucos fieles, dice Dios, «les daré un nombre mejor que el de hijos e hijas». A quien no puede engendrar le promete algo mejor que la descendencia. Y el libro de los Hechos cumple la promesa, porque el primer extranjero cuyo bautismo relata es un eunuco etíope. En el camino, el eunuco pregunta «¿qué impide que yo sea bautizado?», y Felipe no encuentra nada que lo impida. No le revisó el sobre. La Biblia tiene una dirección interna que se puede decir en una línea: va de la exclusión por el cuerpo a la inclusión por el don.

Queda el argumento del símbolo, el matrimonio como imagen del amor de Cristo por su Iglesia. Lo concedo con gusto, porque es de lo mejor que escribió san Pablo. Pero conviene preguntar qué representan los esposos de ese amor, y el pasaje lo dice: amar «como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5,25). Lo que el texto pone en el símbolo es una entrega hasta el extremo y una fidelidad que no se retracta, y nada de eso es anatómico. Si el símbolo significa por la entrega fiel, quién puede representarlo se decide por la entrega. Si significa por la diferencia de los cuerpos, hemos vuelto a revisar el sobre, aunque hayamos entrado por la puerta noble, la de los vitrales.

Se dirá, por último, que el amor exige un otro, alguien distinto de mí. Es verdad. Pero esa otredad está en la persona, y los cromosomas no la garantizan ni la impiden. Nadie que haya amado de verdad a otro ser humano, del sexo que sea, ha corrido el riesgo de amarse a sí mismo por error. El otro concreto, con una libertad que no controlo y un interior que nunca termino de conocer, ya es bastante otro. Para amar hacen falta dos personas.

VIII. Lo que dice una carta de verdad

Hasta aquí he examinado la enseñanza. Me falta decir qué veo yo cuando miro el amor humano, y lo que sigue es una lente clínica, sin pretensión de doctrina. La formé en el consultorio, donde el amor llega en forma de biografías. Si el amor es una carta, se puede preguntar qué dice una carta cuando dice la verdad, y en mi experiencia toda carta de amor verdadera responde cinco preguntas.

FiguraLas cinco preguntas que responde toda carta de amor verdadera
1

¿Habitas tu propio cuerpo?

Muchos viven fuera de su cuerpo, como un inquilino que no enciende las luces. Nadie puede regalar una casa en la que nunca ha entrado.

2

¿Se calman el uno al otro?

Dos sistemas nerviosos enseñándose seguridad: un abrazo baja las hormonas del estrés de los dos.

3

¿Suenan juntos sin apagarse?

¿Este vínculo libera la voz del otro, o la va callando? Hay matrimonios impecables por fuera con una voz apagada desde hace décadas.

4

¿Pueden contarse su historia con verdad?

Amar incluye reescribir juntos los guiones ajenos: «no soy digno», «mi deseo es sucio».

5

¿Su amor se abre, o se cierra sobre sí mismo?

Un amor que recibe se desborda: se vuelve refugio y mesa abierta para otros.

Esta lente exige más que la revisión de la forma: reprueba el amor egoísta de cualquier orientación, incluido el que tiene todos los papeles en regla.

Lente clínica del autor para leer el contenido de un vínculo y no su forma: habitar el propio cuerpo, regularse mutuamente, sonar juntos sin apagar la voz del otro, poder contarse la propia historia con verdad y abrirse en lugar de cerrarse. Exige más que la revisión de la forma, porque reprueba el amor egoísta de cualquier orientación.

¿Habitas tu propio cuerpo? Parece una pregunta obvia hasta que uno pasa años en consulta. Muchísima gente vive fuera de su cuerpo por trauma o por vergüenza, como un inquilino que nunca enciende las luces, y nadie puede regalar una casa en la que nunca ha entrado. Antes de entregarse, hay que habitarse.

¿Se calman el uno al otro? Los seres humanos nos regulamos mutuamente, y la investigación de las últimas décadas lo ha medido: un abrazo baja las hormonas del estrés de los dos y la voz amada desacelera el corazón. El amor de pareja es también eso, dos sistemas nerviosos que se enseñan seguridad. La teología antigua no tenía palabras para describirlo porque esa ciencia no existía; hoy existe.

¿Suenan juntos sin apagarse? El buen amor se parece a dos instrumentos que tocan la misma pieza y siguen sonando cada uno a su manera. Tiene una prueba que ninguna lista de reglas detecta: ¿este vínculo libera la voz del otro, o la va callando? Hay matrimonios impecables por fuera en los que una de las dos voces lleva décadas apagada.

¿Pueden contarse su historia con verdad? Cada quien llega al amor con la historia que le contaron sobre sí mismo, y a muchos se la escribieron otros: «no soy digno», «mi deseo es sucio». Amar de verdad incluye reescribir juntos esos guiones ajenos.

¿Su amor se abre, o se cierra sobre sí mismo? En esta última pregunta cabe Juan Pablo II entero. El amor verdadero se recibe como un regalo que excede a los dos, y un amor que recibe se desborda fuera de la pareja: se vuelve refugio y mesa abierta para otros.

De esta lente sale una definición que completa la frase más citada de Juan Pablo II. Él dijo que lo contrario del amor es el uso, pero no dijo cómo reconocer el uso mientras ocurre. La psicología clínica puede terminar la frase: usar a una persona es calmarse con su cuerpo sin que la persona te importe, descargar en ella la propia ansiedad o la propia soledad y tenerla ahí como calmante. La definición deja ver algo incómodo. Un acto puede ser válido ante la ley de la Iglesia, correcto en su forma, con el sobre impecable, y ser puro uso. La ciencia confirmó la intuición moral del papa y la volvió más exigente.

Apliquemos las cinco preguntas a la pareja sin nombres del principio. ¿Pueden dos personas del mismo sexo habitar su cuerpo sin vergüenza y honrar el de la otra? Pueden, y para muchas es la primera vez, porque crecieron huyendo de un cuerpo que les enseñaron a considerar defectuoso. ¿Pueden ser refugio y calma la una para la otra? En consulta lo veo sin ninguna duda. ¿Pueden sonar juntas sin apagarse, con fidelidad? Quien haya conocido de cerca a una de estas parejas lo ha visto. ¿Pueden contarse su historia con verdad? Aquí la pregunta duele, porque suelen llegar con los guiones ajenos más pesados que existen («mi amor es un desorden», «Dios está decepcionado de mí de fábrica»), y esos guiones, lo digo con dolor y sin rencor, los escribió su propia formación religiosa. Un amor vivido por primera vez a la luz reescribe esa historia falsa. ¿Y puede su amor abrirse, volverse refugio y mesa para otros? Puede, y la sección siguiente examina qué significa eso.

Nadie confunda esta lente con permisividad. Estas cinco preguntas exigen más que la revisión del sobre. La regla antigua podía aprobar lo que esta lente reprueba, como el esposo que usa a su esposa con todos los papeles en regla o la pareja que llama entrega a su miedo, y la lente reprueba el amor egoísta de cualquier orientación. Quien busque aquí un permiso entró a la sección equivocada. La vara cambia de lugar: antes algunos la pasaban sin amar, y con estas preguntas nadie la pasa sin amar.

IX. El regalo que no se impone

Queda una pregunta pendiente: ¿qué camino de vida le ofrece la enseñanza actual a la persona gay? La respuesta es concreta: la abstención de por vida. La Iglesia sostiene que esa vida puede ser plena y pone como prueba a sus propios célibes, los sacerdotes y las religiosas.

Esa prueba, tomada en serio, demuestra más de lo que el argumento quisiera.

Desde hace veinte siglos, la tradición católica sostiene que la vida célibe, sin un solo acto que engendre, es fecunda. Al sacerdote se le llama padre y a la religiosa, madre, y la Iglesia no lo dice por cortesía: afirma que engendran de verdad. De ellos nacen comunidades enteras, y hay mesas de religiosas que alimentan a más gente que la de muchas familias. La propia Iglesia, en lo más alto de su escala, afirma que existe fecundidad real sin biología, que se puede dar vida sin engendrarla. Ese principio no viene de ninguna teología nueva; está en el corazón de la tradición. Y si vale para el célibe, «estar abierto a la vida» nunca pudo significar solo «estar abierto al embarazo». Significa que el amor no se cierre sobre sí mismo. Una pareja que se hace mejor mutuamente, que adopta o acoge y abre su mesa, da vida en el sentido exacto en que la Iglesia ha sabido reconocerla cuando ha querido.

El celibato católico tiene otro rasgo que importa más aquí. La tradición enseña que es un regalo que Dios da libremente a algunos, algo que nadie puede repartir como obligación, y la fuente de esa enseñanza es Jesús mismo.

El pasaje está en Mateo 19. Jesús acaba de hablar del divorcio y los discípulos, espantados, concluyen que entonces no conviene casarse. Él responde con una advertencia: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido». En el versículo siguiente habla de los eunucos, otra vez los que no encajan en el molde, y de quienes renuncian al matrimonio por el Reino. El único lugar del Evangelio donde Jesús trata la vida sin matrimonio es el mismo en que nombra a los excluidos del molde, y la condición que pone en esa misma respiración es que se les haya concedido. En boca de Jesús, la renuncia sexual de por vida es un regalo que algunos reciben.

San Pablo lo entendió igual. Quisiera que todos fueran célibes como él, escribe, «pero cada uno tiene su propio don de Dios: uno de un modo, otro de otro». Y a quien no tiene ese don le receta un remedio en lugar de heroísmo: «mejor es casarse que quemarse». Pablo sabía que la abstención perpetua sin el don de la abstención produce incendios más que santos. Sobre ese realismo la Iglesia construyó un sistema entero, y conviene admirarlo antes de señalar lo que le falta. Nadie llega al celibato católico por decreto. Llega después de años de seminario o noviciado, acompañado por directores espirituales cuya tarea es discernir si el don está. La libertad es requisito (el canon 1191 declara nulo el voto hecho por miedo grave e injusto), y quien descubre tarde que el don no estaba puede pedir la dispensa. La tradición trata el celibato como material delicado, que se discierne y se prueba antes de elegirse, y que se puede devolver.

FiguraEl mismo celibato, con y sin sistema
ElementoCelibato como vocaciónCelibato como orientación
DiscernimientoAños de seminario o noviciado para verificar si el don estáNinguno: la orientación se toma como el discernimiento
Elección libreRequisito de validez: un voto forzado es nuloEl voto se da por pronunciado al nacer
AcompañamientoDirector espiritual cuya tarea es discernir el donNo hay decisión que acompañar
Salida posibleDispensa para quien descubre tarde que el don no estabaNinguna
Honra públicaUn título que nombra la fecundidad: padre, madreLa misma renuncia no gana nombre ninguno
ComunidadOrden, congregación, presbiterio que sostienenSoledad, con frecuencia en secreto

Misma renuncia y misma duración, sin vocación, voto, comunidad ni corona.

Lo que la Iglesia declara indispensable cuando el celibato es vocación (discernimiento, elección libre, acompañamiento, posibilidad de dispensa, honra pública y comunidad) desaparece cuando el celibato se asigna por orientación.

A la persona gay se le asigna ese mismo estado de vida, la abstención sexual de por vida, sin una sola pieza del sistema. Nadie discierne nada, porque su orientación ya se toma como discernimiento, y su voto se da por pronunciado al nacer. No hay acompañamiento hacia una decisión, porque no hay decisión, ni la salida que se le ofrece al religioso que se equivocó. Tampoco hay honra: al célibe consagrado su renuncia le gana un título, padre o madre, y a esta persona la misma renuncia no le gana ningún nombre. Todo lo que la Iglesia declara indispensable cuando el celibato es vocación desaparece cuando el celibato se deduce de la orientación.

Alguien objetará que a esta persona se le pide la castidad de cualquier soltero y no el don del celibato. La diferencia es real y merece una respuesta precisa. En la lógica de la propia doctrina, la abstención del soltero heterosexual es una espera con horizonte, temporal y orientada al matrimonio. La que se asigna a la persona gay dura toda la vida y no tiene horizonte; en la práctica es el celibato consagrado sin vocación ni comunidad. Llamarla «castidad ordinaria» es usar el vocabulario de quien espera el amanecer para describir una noche que no termina.

Dicho con las palabras más simples: si Jesús advirtió que no todos reciben este don, y la Iglesia construyó un sistema entero para no imponérselo a nadie, ¿con qué autoridad se le impone, automático y de por vida, a una clase entera de personas por una inclinación que no eligieron?

X. La mano en el propio pecho

Me propuse declarar siempre qué afirmo y desde dónde, y esa regla obliga más al final que en cualquier otra parte.

Lo que he planteado aquí es una propuesta, y la enseñanza actual de la Iglesia católica dice otra cosa. Propongo que esa enseñanza dé un paso más en la dirección que ella misma abrió. Quien presente estas páginas como doctrina vigente, o como un simple rechazo de la doctrina, las habrá leído mal.

¿Puede la Iglesia dar pasos así? John Henry Newman, un inglés del siglo XIX, pasó la vida estudiando cómo cambia lo que no puede cambiar, y su respuesta cabe en una imagen: las ideas vivas crecen como crecen los seres vivos. La Iglesia de hoy no enseña palabra por palabra lo que enseñaba hace mil ochocientos años y sigue siendo la misma, como el roble es la misma vida que la bellota. Lo que la traicionaría sería quedarse embalsamada. «Vivir es cambiar», escribió Newman, «y ser perfecto es haber cambiado muchas veces». Para distinguir el crecimiento sano del corrompido propuso una prueba sencilla: el desarrollo verdadero lleva más lejos el principio original, y la corrupción lo abandona. La Iglesia lo canonizó en 2019, y León XIV lo declaró doctor de la Iglesia en noviembre de 2025.

Apliquemos a estas páginas la prueba de Newman. La bellota de la Teología del Cuerpo es su principio original: la persona nunca como herramienta y el don como medida del amor. Todo lo que he argumentado aplica ese principio en vidas donde la enseñanza actual todavía no lo aplica. Si me equivoco, me equivoco siguiendo a Juan Pablo II. Y si acierto, la catedral conserva todos sus muros y gana la puerta que estaba en los planos.

Que la Iglesia sabe recorrer ese camino lo muestra su historia. Durante siglos condenó el préstamo con interés, y hoy tiene banco propio. Toleró y hasta justificó formas de esclavitud durante más de mil años, y hoy la cuenta entre los actos intrínsecamente malos (Veritatis splendor, 80). En 1832, Gregorio XVI llamó «delirio» a la libertad de conciencia, y en 1965 el Concilio Vaticano II proclamó la libertad religiosa como un derecho fundado en la dignidad humana. En los tres casos el principio quedó intacto; cambió la comprensión de cuánto exigía la dignidad de la persona, que resultó ser más de lo que sus guardianes habían entendido. En este tema el movimiento ya empezó, con la modestia con que empiezan los movimientos reales: en diciembre de 2023, la declaración Fiducia supplicans autorizó bendecir a parejas del mismo sexo fuera de la liturgia. Es un paso corto y discutido, muy lejos de lo que aquí propongo, y es un paso en una institución donde los pasos se miden en generaciones.

Queda el criterio que Jesús dio para distinguir lo bueno de lo malo: por sus frutos los conocerán. Hagamos la pregunta de los frutos con cuidado, sin convertirla en sentencia. Una enseñanza es también un tratamiento aplicado a vidas reales, y sus resultados se pueden observar. En las personas gay que más aman esa enseñanza y más se esfuerzan por obedecerla, como el hombre del pasillo, veo, con una frecuencia que ningún terapeuta honesto llamaría excepción, cuerpos habitados con vergüenza, ansiedad crónica, amores vividos a escondidas y una oración con un ojo cerrado, que le esconde a Dios justo lo que más necesitaría su luz. Eso no demuestra que la enseñanza sea falsa, porque los frutos no funcionan como una demostración matemática. Pero obligan a una pregunta que ya no se puede aplazar: si el árbol es bueno, ¿por qué esta cosecha?

Ahora la mano en el propio pecho, y la primera es la mía. Quien sostiene la postura tradicional no es un fanático ni un enemigo de nadie. Puede apoyarse en razones que pesan de verdad: la Biblia leída como la leyeron veinte siglos, y la sospecha legítima (yo la comparto) de que cada época tiende a encontrar en el texto sagrado lo que su cultura le pide, y de que quizá los equivocados seamos nosotros. Escribí estas páginas pensando en ese lector. Una diferencia así se conversa con argumentos y con paciencia, y las condenas sobran en las dos direcciones. Newman eligió para su escudo de cardenal un lema que lo dice mejor: cor ad cor loquitur, el corazón habla al corazón.

Vuelvo al martes por la mañana. Elena y Ramón siguen casados, y ella le sigue diciendo que canta mal. La otra pareja sigue sin acta y sin ramo, y reza por la noche en un idioma que su Iglesia todavía no le reconoce. El hombre del pasillo sigue en el pasillo y oye la música desde afuera. Entre ellos y el altar no se interpone la falta de amor ni la falta de fe, y ya vimos que tampoco la imposibilidad de dar vida, porque esa la comparten con Elena y Ramón. Se interpone una pregunta que la tradición todavía no termina de hacerse.

Todos sabemos lo que es ser juzgados por el sobre, por el apellido o por el cuerpo que nos tocó. Y todos recordamos el día en que alguien por fin abrió el sobre y leyó. Ese día tiene algo de salvación, sea quien sea el que lee. La pregunta con que termino es la versión mayor de esa experiencia:

Cuando Dios recibe el amor que dos personas se tienen, con su fidelidad y sus años, ¿revisa el sobre o lee la carta?

Oscar Rivas

El Evangelio sugiere una respuesta. Felipe bautizó al eunuco sin revisarle el cuerpo, y Jesús no le pidió papeles a nadie antes de amarlo. Si el Dios de esa historia es el Dios real, la sospecha con que cierro estas páginas es una esperanza con fundamento: Dios lee cartas. Lo que la Iglesia todavía tiene que preguntarse es si sus tribunales leerán algún día como lee Él.

Referencias

  1. Juan Pablo II (1979-1984). Catequesis sobre el amor humano (Teología del Cuerpo). Libreria Editrice Vaticana.
  2. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2348 (vocación a la castidad) y 2357-2359 (castidad y homosexualidad).
  3. Código de Derecho Canónico, cc. 1055 (fines del matrimonio), 1061 (consumación), 1084 (impotencia y esterilidad) y 1191 (nulidad del voto).
  4. Newman, J. H. (1845). An Essay on the Development of Christian Doctrine.
  5. Concilio Vaticano II (1965). Dignitatis humanae, declaración sobre la libertad religiosa.
  6. Dicasterio para la Doctrina de la Fe (2023). Fiducia supplicans, sobre el sentido pastoral de las bendiciones.
  7. Pasajes citados: Génesis 1; Deuteronomio 23,2; Isaías 56,3-5; Mateo 7,16-20; Mateo 19,10-12; Hechos 8,26-40; 1 Corintios 7,7-9; Efesios 5,25.
  8. American Psychological Association (2009). Report of the Task Force on Appropriate Therapeutic Responses to Sexual Orientation. APA.
  9. American Psychiatric Association (2018). Position Statement on Conversion Therapy and LGBTQ Patients.
  10. Meyer, I. H. (2003). Prejudice, social stress, and mental health in lesbian, gay, and bisexual populations. Psychological Bulletin, 129(5), 674-697.
  11. Ryan, C., Toomey, R. B., Diaz, R. M., & Russell, S. T. (2020). Parent-initiated sexual orientation change efforts with LGBT adolescents. Journal of Homosexuality, 67(2), 159-173.
  12. Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory: Neurophysiological Foundations of Emotions, Attachment, Communication, and Self-Regulation. Norton.

Conceptos clave

El sobre y la carta
Imagen central del ensayo. Si el amor es una carta que una persona le escribe a otra con su vida entera, el sobre es la forma exterior y la carta es el contenido, la entrega fiel. La tesis: la enseñanza predica la carta en la catequesis y revisa el sobre en el tribunal.
Apto de por sí
Fórmula del canon 1061, que describe el acto conyugal como «apto de por sí para engendrar la prole», es decir, apto por su forma. Por eso la esterilidad no invalida el matrimonio (canon 1084) y una viuda de setenta y ocho años se casa válidamente aunque nadie en la iglesia espere un hijo.
Merismo del Génesis
Recurso literario del primer capítulo del Génesis que nombra dos extremos para abarcar la totalidad: cielo y tierra, día y noche. Leído con esa gramática, «hombre y mujer los creó» nombra a la humanidad entera como imagen de Dios.
El eunuco en la Escritura
La ley de Israel lo excluía de la asamblea por su cuerpo (Deuteronomio 23,2). Isaías le promete «un nombre mejor que el de hijos e hijas», y en Hechos 8 es el primer extranjero cuyo bautismo se relata. Felipe lo bautiza sin revisarle el cuerpo.
Desarrollo doctrinal (Newman)
Criterio de John Henry Newman para distinguir el crecimiento sano de la corrupción: el desarrollo verdadero lleva más lejos el principio original, y la corrupción lo abandona. «Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado muchas veces».
El uso, definido clínicamente
Juan Pablo II dijo que lo contrario del amor es el uso, pero no cómo reconocerlo. La psicología clínica completa la frase: usar a una persona es calmarse con su cuerpo sin que la persona importe. Un acto puede tener el sobre impecable y ser puro uso.

Preguntas frecuentes

¿Por qué la Iglesia casa a parejas que no pueden tener hijos?

Porque la esterilidad nunca ha impedido el matrimonio (canon 1084). El derecho canónico distingue entre no poder tener hijos, que no invalida, y no poder realizar el acto conyugal, que sí. El canon 1061 describe ese acto como «apto de por sí para engendrar la prole», es decir, apto por su forma. Por eso una viuda de setenta y ocho años sin útero se casa válidamente y el sacerdote firma el acta con la conciencia tranquila.

¿Qué es la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II?

Son 129 catequesis que Juan Pablo II pronunció entre 1979 y 1984 sobre el cuerpo humano. Su idea central es que el cuerpo habla: «el cuerpo, y solo él, es capaz de hacer visible lo invisible». Sobre ella se apoyan dos más: el ser humano es un don recibido antes que un dueño de sí mismo, y lo contrario del amor es el uso.

¿Enseña la Iglesia que la homosexualidad viene de una herida con el padre?

No. El Catecismo dice: «Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado» (CIC 2357). La teoría de la herida paterna viene de la terapia reparativa de los años ochenta y noventa, y carece de respaldo empírico: abundan los heterosexuales con padres ausentes y los gays con padres presentes y cariñosos.

¿Significa «hombre y mujer los creó» que solo ese vínculo refleja a Dios?

El primer capítulo del Génesis nombra totalidades con dos extremos (cielo y tierra, día y noche), y nadie concluye de ahí que el atardecer ofenda al Creador. Leída con la gramática de su propia página, la frase nombra a la humanidad entera como imagen de Dios.

¿Por qué el celibato asignado a la persona gay no equivale al celibato consagrado?

Porque le falta todo lo que la Iglesia declara indispensable para el celibato consagrado: discernimiento, elección libre (el canon 1191 declara nulo el voto hecho por miedo grave), acompañamiento, posibilidad de dispensa y la honra de un título. Jesús condicionó esa renuncia a «aquellos a quienes se les ha concedido», y Pablo escribió que cada uno tiene su propio don de Dios.

¿Puede la doctrina católica cambiar en esta materia?

Ha cambiado en asuntos comparables. Condenó el préstamo con interés y hoy tiene banco propio; justificó formas de esclavitud durante siglos y hoy la cuenta entre los actos intrínsecamente malos; en 1832 llamó «delirio» a la libertad de conciencia, y en 1965 el Vaticano II proclamó la libertad religiosa como derecho. En diciembre de 2023, Fiducia supplicans autorizó bendecir a parejas del mismo sexo fuera de la liturgia.

¿Este artículo afirma que la Iglesia se equivoca?

No emite un veredicto. Formula la pregunta y declara expresamente dónde propone un desarrollo respecto a la enseñanza vigente. Si se equivoca, se equivoca siguiendo a Juan Pablo II, y su destinatario es el lector de postura tradicional.

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Retrato de Oscar Rivas

Oscar Rivas, PhD

Psicólogo clínico, especialista e investigador en trauma psicológico. Conocer más

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