Ensayos personales

La parte de mí que quedó esperando

Oscar Rivas, PhD

· 3 min de lectura

Me alejé tanto de mí intentando agradar a otros que hubo un tiempo en que ya no sabía dónde encontrarme.

Tenía tanta hambre de un beso, tanta sed de unos brazos que me recibieran, que fui dejando mi vida en espera. Me quedaba cerca, pero nunca lo suficiente. Deseaba que alguien se acercara y, cuando parecía posible, algo en mí retrocedía. Había aprendido a desear el amor con la misma intensidad con la que le temía.

Esperaba seducirlo con mi tibia sonrisa, despertar su ternura con aquella mirada mía, siempre necesitada de alegría. A veces deseaba que se compadeciera de mi sombra, que alcanzara a ver al muchacho que vivía detrás de mis ojos y adivinara cuánto tiempo llevaba esperando que alguien lo quisiera.

Por las noches imaginaba su compañía. Pensaba en el peso de sus brazos sobre mi cuerpo, en el calor de una espalda junto a la mía, en esa intimidad tan sencilla de quedarse dormido sabiendo que alguien sigue ahí. Quería que su abrazo llegara como una brisa a los lugares donde la soledad me había ido secando por dentro.

Y mientras esperaba, los días siguieron pasando.

A veces, de tanto querer que alguien nos ame, terminamos abandonando a la única persona que ha estado con nosotros toda la vida.

Al principio fueron días. Después se volvieron años, y los años adquirieron la profundidad de aquellos lagos donde la luz deja de alcanzar el fondo. Había momentos en que me hundía tanto en mis pensamientos que me asustaba encontrarme ahí, todavía esperando, todavía imaginando una vida que parecía ocurrir siempre en otra parte.

Lo extraño es que todo aquello sucedía dentro de un cuerpo que seguía deseando vivir.

Hay una forma silenciosa de perder la vida: pasarla esperando que alguien llegue a vivirla con nosotros.


Mi cuerpo tenía hambre del dulce éxtasis de la existencia. Quería el chocolate de la alegría derritiéndose lentamente en la boca, la suave embriaguez de bailar hasta olvidar la hora, el calor de una mano que encuentra otra debajo de la mesa. Quería reír hasta perder el aliento, despertar con la piel todavía encendida por los besos de la noche anterior, conocer esa maravillosa torpeza de dos personas que se quieren tanto que no saben dónde poner las manos.

Quería un amado cuya voz encontrara cada uno de los nervios de mi corazón.

ensayo personal, soledad, deseo, amor, espera

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